Hoy ya es 22 de septiembre…

Por Laura Sofía Marin Garrido. (@sofimnia)
Ciudad de México, 22 de septiembre de 2017.

Escribo esto en un momento complicado y de una forma también complicada, pero tengo la necesidad de escribir lo que me tiene muy afectada desde hace varios días.

El día martes 19 de septiembre viví quizá por primera vez una situación que resultó muy compleja, fuerte y dolorosa para mí. Un golpe de la naturaleza tan impredecible que ha marcado desde hace años a mi tierra.

Nunca pensé encontrarme en una situación así, ninguno de nosotros lo imaginó jamás. Un lapso de tiempo realmente corto, donde el miedo se apoderó de nuestro entorno y colapsó el tiempo. A mi mente llegó la posibilidad de morir, la desesperación y la aceptación. En un lapso muy corto de tiempo pensé con angustia que mi vida acababa y que no había tenido la oportunidad de despedirme de las personas a las que amo, pero a veces así es la muerte, pensé. Bajé la cabeza y mi mente quedó en blanco.

 Todo esto en un lapso de pocos minutos que duró el terremoto del día martes. Las voces de las personas cercanas a mi, me trajeron de regreso para darme cuenta que seguía parada sobre mi cuerpo con vida.

Salí de la biblioteca de la universidad y observe a mi alrededor los rostros de los otros como si fueran mi propio espejo, sorprendidos, llorando o tratando de calmar su respiración con todas sus fuerzas. El shock por lo que acababa de vivir se disolvió lentamente cuando me vino una terrible tristeza al observar a mi alrededor, los edificios de la institución que ha fungido como mi segunda casa estaban dañados fuertemente, frágiles pero en pie.

Luego de la tristeza llegó la desesperación por encontrar a mi pareja, saber si estaba bien, por encontrar conocidos, amigos y entender por un momento que era todo aquello y cuál era la magnitud de lo que acababa de pasar pero no encontré respuesta en ninguno de los rostros a mi alrededor.

Son esas y más imágenes las que permanecerán para siempre en mi mente, el horror del momento y la tristeza que aún tengo atorada como un nudo en el pecho y en la garganta. Sin embargo, quiero retratar algo mucho más importante y la verdadera razón por la que me encuentro ahora mismo escribiendo.

Después de observar lo terrible, al igual que permanecer en el centro de la oscuridad, pronto apareció ante mis ojos la esperanza. Esta empezó a crecer cuando encontré a mi pareja, cuando vi a amigos a salvo, pero se fortaleció de verdad cuando los vi a todos moviéndose, cuando sentí en mis propias carnes el orgullo de poder convivir con todas las personas que conforman al campus Ciudad de México del Tec. de Monterrey.

Para mi todos se comportaron como unos verdaderos valientes, algunos estaban desbordados en lágrimas, otros permanecían serios, se movían y corrían; guardaron el impacto para otro momento y se pusieron manos a la obra para ayudar a nuestros compañeros atrapados bajo los escombros.

Vi una unión y una fortaleza digna del más sincero orgullo. Me hubiera gustado ser tan fuerte como algunos de ellos y haber podido ayudar más, la impotencia estuvo a la orden del día, pero tenía que aceptar que cada quien debía poder ayudar a su manera y entonces lo hice cómo pude.

Fue ahí donde comenzó la esperanza que no hizo más que continuar creciendo conforme pasó el tiempo, aunque este parecía haberse detenido. Ahora que lo pienso, sentí tantas cosas en un solo momento que era imposible poder hacer algo con ese sentir, que no fuera actuar en consecuencia y poder seguir adelante ayudando en lo que se pudiera.

Las calles se volvieron lo caminos de cientos de pies que querían ayudar, que querían hacer algo. Recuerdo haberme detenido un momento a sentir el entorno y ahí junto a los pasos apresurados, las personas cargando despensas, picos y palas me di cuenta que el corazón de todos latía como uno solo. La desesperación, el miedo y la tristeza se sentían en el aire, pero eso no detuvo los corazones de la gente.

Pensé que quizá todo nos ocupábamos para no soltarnos a llorar, pero estaba funcionando, nuestras manos se movían como una sola. Me convencí entonces y sé, hoy más que nunca, que existe la bondad en los corazones de la gente de esta ciudad y de este país.

Hoy más que nunca estoy orgullosa de ser parte de él, porque me ha dado la cachetada que necesitaba para despertar. Porque me cautivaron las manos, las acciones de todos aplicando su mucha, poca o nula experiencia para ayudar. Porque vi el corazón de mi pareja desbordarse en lágrimas, en acciones pequeñas y en su impotencia por querer ayudar. Porque veo a mis amigos a salvo, moviéndose, ayudando y porque me llegan cientos de mensajes diarios sobre lugares donde ayudar. Porque con mis compañeros del Tec. de Monterrey compartimos el luto de los 5 sueños que se apagaron pero que también motivarán los nuestros. Porque sigo y continuo viendo triunfar la bondad de las personas sobre aquellos que quieren sacar provecho de esta situación.

Y si escribo esto es porque llevo días sintiendo un miedo terrible, una angustia y una tristeza tremenda porque todo cambió drásticamente, porque sé que mis compañeros, esos hombres, mujeres y niños que perdieron la vida, no volverán, que eso va a marcarnos y que nada volverá a ser igual. Pero también escribo esto porque hoy quiero dejar de sentir miedo, angustia y desesperación, porque quiero encontrar la fuerza que necesito en aquellos que se fueron y las mismas personas que me rodean que se mantienen fuertes aunque a veces paren un momento para desahogar sus lágrimas.

Y lamento muchísimo si en mi crisis no he podido tender la mano a los que amo como debería, quiero decirles que nunca más les faltaré. Escribo porque quiero que esta situación deje por fin de superarme como lo está haciendo, porque quiero convertirme en lo que mi familia, mi pareja, mis amigos, las personas de este país y yo misma necesitamos de mi. Escribo para continuar sin miedo a no ser suficiente, sin miedo a no poder ayudar, sin miedo a que se presente otra situación y no ser lo suficientemente fuerte. Escribo para darme fuerzas y, si me es posible, para darle fuerzas a todo aquel que llegue a leer esto, porque sé que no soy la única pasando por este mal momento.

Porque vale muchísimo la pena alzarse y luchar por toda aquella bondad existente en los corazones de esta gente y de la cual todos hemos sido testigos. Hoy sé que somos fuertes, más fuertes que nunca y aunque esta situación sea más difícil para algunos que para otros, la solidaridad une nuestros corazones hoy más que nunca.

Estoy orgullosa de lo que he visto en estos días y más que nunca les agradezco a todo los que me rodean y a todas las personas de este país por brindarme la fortaleza que necesito para seguir adelante, porque amo este país y a su gente con todo mi corazón. Nunca he valorado tanto la vida cómo lo hago hoy. Y puede que siga llorando esta situación por mucho tiempo pero hoy ya no tengo miedo.

Mi país se levanta y yo me levanto con él. 

 

Laura Sofía Marin Garrido
Estudiante Lic. Comunicación y Medios Digitales
Tecnológico de Monterrey Campus Ciudad de México
http://sofimnia.blogspot.mx/ 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s